jueves, 22 de diciembre de 2016


Maniquíes

Me despierto en medio de la noche empapado en sudor, mi corazón late a mil por hora. Es tan solo una pesadilla: había soñado que participaba en el famoso “reto del maniquí”, y nada menos que en la cena de empresa ¿Saben de qué les hablo, no? Esa moda absurda que se ha hecho viral en redes sociales y que consiste en que un grupo de amigos o familiares – o equipos de fútbol, actores famosos o candidatos a la Casa Blanca- se graban en vídeo en una postura inmóvil, petrificados, en poses absurdas, divertidas, dramáticas o delirantes, y luego suben esas imágenes a las redes sociales.

En ese sueño tan terrible me veía congelado, paralizado, con cuchillo y tenedor en la mano, sonriendo a una congeladísima compañera de curro, que parecía la esposa de Lot, convertida en estatua de sal por no hacer caso al mandato de Dios de no mirar atrás, hacia las llamas que arrasaban Sodoma y Gomorra.

Al despertarme de la pesadilla, me convencí de que aquello no se podía evitar: la mayoría de mis compañeros de trabajo son muy fans de las modas virales de Internet, y seguro que terminaremos haciendo el absurdo reto del maniquí en mitad de la cena navideña de empresa.

Soy alérgico a las modas, aborrezco la dictadura de las masas. Ahora, el reto es imitar a los maniquíes, antes fueron otros fenómenos virales como los alegres bailes multitudinarios del Flashmob, o el Harlem Shake, esos vídeos en los que una masa de individuos se movía enloquecida, o los Lip Dub, grabaciones en los que un grupo de personas, perfectamente sincronizadas, simulaban con sus gestos y movimientos una canción popular. Si hasta Matías Prats se apuntó en un telediario al reto del maniquí...  

Yo no quiero ser un maniquí. No podemos mantenernos quietos como muñecos inertes ante tantas injusticias que se producen cada día a nuestro alrededor. Pienso, por ejemplo, en Rosa, en aquella anciana que vivía en Reus que murió por una maldita vela después de dos meses sin suministro eléctrico por impago. Es solo un caso reciente, pero hay muchas más situaciones de injusticia: pienso en esos niños que mueren ahogados cada día en el mediterráneo o en las miles de personas que mueren en atentados en el mundo por ese terrible monstruo llamado fanatismo. Vivimos en una sociedad impasible ante las explotaciones laborales, los abusos sexuales, la persecución y exterminio de minorías étnicas y religiosas, la trata de personas, la violencia contra las mujeres o el acoso escolar,  ¿Por qué tanta injusticia no es capaz de agitar a una sociedad tan pasiva, tan dormida? La sociedad del siglo XXI es una sociedad congelada: somos auténticos imitadores de maniquíes que no se alteran por nada, dolorosamente quietos. El verdadero reto es huir de esta fiesta de los maniquíes, agitar nuestras conciencias y responder de una vez por todas a las injusticias del mundo que nos ha tocado vivir.